28 de septiembre de 2007   |

Perspectiva europea

Erika Casajoana
Consultora política







El grito de la mujer africana
28/09/2007

Choga Regina Egbeme acababa de dar a luz en un hospital de Lagos, Nigeria, en 1995 cuando le comunicaron
que tanto ella como su bebé estaban infectados del virus del sida. Para ella, una adolescente recién huida de
un matrimonio forzado con un polígamo que le triplicaba en edad, la violaba y la pegaba, esta enfermedad era
desconocida.

Cuando comprendió el alcance de su tragedia, Choga gritó y lloró hasta la extenuación. La triste historia de
Choga y tantas otras mujeres africanas nos llegan por sus gritos de rebelión cada vez más fuertes, gracias a una
serie de best-sellers aparecidos estos últimos años.

Choga nació en un harén. Su padre era rico: se casó con 48 mujeres y dejó cerca de un centenar de hijos. Los
varones estudiaban en internados, mientras que las niñas permanecían confinadas en el harén hasta que el
patriarca decidía casarlas, con otro polígamo por supuesto. Las hijas y esposas no tenían acceso a la educación,
ni a disponer de dinero propio, ni a salir de la casa sin permiso, y mucho menos a tomar decisiones sobre su
propio destino.

La poligamia es una costumbre ancestral todavía muy extendida --sobre todo en África occidental. Es practicada
por fieles de todas las religiones, pero mayoritariamente por seguidores de creencias tradicionales y por
musulmanes. En el Islam, un hombre puede tomar un máximo de cuatro esposas y debe mantenerlas y tratarlas a
todas por igual, mientras que en la tradición africana las mujeres trabajan gratis en los campos y como
sirvientas de su marido y se someten a los dictados de la primera esposa.

La poligamia, combinada con novias muy jóvenes, favorece altos niveles de fertilidad. Tiene sentido como
estrategia de supervivencia en sociedades agrarias que precisan mucha mano de obra y que sufren índices de
mortalidad muy altos.

La creciente modernización y occidentalización de los valores en África impulsan una visión de la mujer como
ser humano independiente y no como una propiedad de la familia, pero aun así más del 40% de las mujeres
entre 15 y 49 años en Senegal viven en uniones polígamas.

Choga Regina Egbeme nos dejó testimonio escrito de su coraje antes de sucumbir al sida en 2003, a los 27 años.
Un dato chocante de su biografía es que su madre no era africana, sino una alemana expatriada que abandonó a
su primera familia para buscar refugio a sus depresiones en la solidaridad del mundo femenino del harén. Harén
que el sida convertiría con el tiempo en jardín de muerte.

La madre de Choga nació libre y eligió la sumisión, pero no dio esa opción a una hija que hubiese necesitado los
derechos y protecciones de una ciudadanía europea.

Lamentablemente ninguno de los libros de Choga ha sido aún traducido a nuestras lenguas. Pero sí están
traducidos los alegatos personales de la senegalesa Khady Koita (“Mutilada”) y de la somalí Nura Abdi (“Llanto
prohibido”) contra la mutilación genital femenina; de la sudanesa Mende Nazer (“Esclava”) contra la esclavitud;
y por supuesto las valientes memorias de la famosa holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali (“Mi vida, mi
libertad”), quien también sufrió la mutilación genital y escapó de un matrimonio forzoso.

Mientras escribo estas líneas, la Unión Europea está incumpliendo su compromiso de contribuir a las fuerzas de
mantenimiento de la paz en Darfur, Sudán, donde se produce un genocidio contra centenares de miles de
civiles y se viola y ataca a mujeres indefensas como parte de la estrategia del terror. A nuestros líderes, los
derechos humanos en África les pillan muy lejos.